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Archive for 28 octubre 2008

La noche de las ánimas y la festividad de Todos los Santos corresponden con una de esas fechas mágicas que el cristianismo no tuvo más remedio que asimilar en su propio calendario festivo debido a su profundo arraigo en el imaginario colectivo y en la religiosidad popular de toda Europa.

En efecto, el 1 de noviembre corresponde con el día en el que, en las religiones paganas que precedieron al cristianismo, se celebraba el viaje de las almas (las animetas que decimos en el Alto Aragón) al otro mundo a través del camino mágico de la Vía Láctea. Así, como señalan investigadores de la talla de Claude Gaignebet, nuestra actual festividad de Todos los Santos coincide con el primer día del año céltico, en el que convenía ayudar a realizar el viaje definitivo hacia el otro mundo a las almas de quienes habían fallecido en el año. Todos los rituales propios de este día (hoy banalizados en nuestra sociedad de consumo) se encaminaban al fin último de dirigir a las almas (sobre todo a las de aquellos que no querían abandonar el calor de los suyos) al inframundo, representado en nuestro espacio humano y civilizado por el cementerio: ruidos, campanadas, candelas, oraciones, comidas flatulentas (como las alubias) servían a tal fin dentro de unas concepciones religiosas hoy olvidadas. Es, por tanto y en definitiva, un día para la renovación de la naturaleza (la siembra del trigo que debe morir para resucitar en la próxima primavera acaba de ser realizada) al tiempo que para el recuerdo de quienes nos precedieron e hicieron que estemos ahora en este mundo.

En el Alto Aragón, investigadores de la talla de Manuel Benito han registrado y estudiado en esta fecha las costumbres de reunirse para comer alubias o, por parte de los más pequeños, robar calabazas para tallarlas en forma de calaveras y asustar con ellas, convenientemente iluminadas, a los viandantes que debían pasar esa noche cerca de los cementerios o al campanero que tenía la ingrata tarea de tocar a muertos durante toda esta noche. Bien visto, no debemos tanto, pese a lo que se diga, a la influencia anglosajona de la festividad de Halloween, que se celebraba entre nosotros de forma muy semejante, aunque, afortunadamente, sin el planteamiento meramente consumista que actualmente socava los cimientos antiquísimos a los que antes nos referíamos.

Hoy en día son muchos los lugares que están recuperando esta festividad junto con las costumbres con las que era celebrada en cada población. Singularmente, en el cercano pueblo de Radiquero, en el Somontano, se ha asentado ya una nueva tradición de la noche de las ánimas.

Sin aspirar a tanto, los vecinos de Pueyo hemos decidido recuperar en parte el espíritu de esta celebración, reuniéndonos a la luz de las calabazas para contar cuentos, historias y recuerdos del pasado al tiempo que damos buena cuenta de las viandas de estas tierras.

Os dejamos a continuación un avance de estas minijornadas esperando vuestras sugerencias e ideas para acabar de dar forma a los actos:

  • Viernes 31 de octubre: a partir de las 6 de la tarde nos reunimos con nuestros chavales para tallar calabazas y preparar la decoración del salón en el que nos juntaremos el sábado (lugar por determinar).
  • Sábado 1 de noviembre: a partir de las siete de la tarde nos reunimos para escuchar, a la luz de las calabazas, los cuentos, historias y leyendas que cada uno quiera contar. Tras el cuentacuentos se proyectará una película y se acabará cenando juntos lo que cada uno quiera aportar.

Os dejamos ya con un cuento de los que se contaban en esta noche, que tomamos de Herminio Lafoz Rabaza, Cuentos altoaragoneses de tradición oral (Huesca, IEA, 1990):

Iba una vez un cristalero con un burro, de esos que venden vajillas. Se le cayó el burro y él solo no podía cargarlo.

Era noche de Todos los Santos, que dicen que se aparecen almas. De allí a poco rato empezaron a pasar lucetas y más lucetas mucho rato. Al final, pasaron dos que le ayudaron a cargar. Esas lucetas eran almas que pasaban y esas dos iban a oscuras y le dijeron al hombre que dijera en una casa que hicieran fuego, pues ellas tenían que ir a oscuras, es decir, que quemaran cera, pues como no quemaban, las almas de aquella casa tenían que ir a oscuras.


(Foto: Carlos Bozalongo, “Quejigo muerto en un barranco de Purroy de la Solana”)

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